La Copa Mundial de fútbol no tapa ni soluciona los problemas de Argentina, pero puede llamar la atención sobre algunos vicios de valoración y maneras de enfocar la realidad.

Por ejemplo, se habló mucho de eliminaciones sorpresivas. Pero no hubo tantas. Si se mira el pasado reciente, el que cuenta para estos casos, no es extraño que temprano hayan quedado afuera Uruguay, Alemania o Países Bajos. No se gana con la historia. Así también, era esperable que continuaran hacia etapas eliminatorias Francia y Marruecos. Los logros del pasado sirven de impulso emocional o de ejemplo, pero quienes juegan son los profesionales de hoy.

Tal vez hayan sorprendido algunos que superaron la primera fase, pero tampoco es extraño. La Copa es breve, por lo tanto el azar pesa más. Véanse los campeonatos argentinos. Con anuales es más probable que ganen los clubes “grandes”, con semestrales las cartas mejoran para los “chicos” (puede perderse un partido por mala suerte, pero cuando se pierden 20 no es que la suerte sea mala sino que el equipo es malo). Así, en un torneo largo un “grande” podría trastabillar en algunos encuentros pero tener buenos resultados en la mayoría y compensar. En uno breve tal vez no alcance el tiempo y si el afortunado fuera un “chico” podría llegar a pelear el título. Entonces, en una copa como la actual el azar influye más, podrían aparecer resultados inusuales y la suerte permitir avanzar a participantes inesperados.

Al margen, vinculadas al azar, un par de consideraciones de lenguaje y pensamiento. Un jugador atacante tira, la pelota pega en un poste del arco y sale del campo de juego. Comentario típico: el palo salvó al equipo defensor. Falso. El arco está donde debe estar y tiene el tamaño que debe tener. Simplemente el atacante falló. Azar o incapacidad, no interesa: no fue eficaz. La diferencia será relevante al considerar la serie de intentos. Un solo intento, un palo, no concluyente. Diez intentos, diez palos, posible inútil. Diez intentos, tres goles, posible crack. Otro ejemplo: el delantero hace una pirueta espectacular para poder patear y la pelota da en el palo: qué buen tiro. Error. Un buen tiro es el que entra. En todo caso fue un lindo tiro, pero no uno bueno. No hay puntos por estética.

¿Importan esas consideraciones? Sí. Una mala descripción puede llevar a un mal diagnóstico y éste a malas decisiones. En todos los campos.

Ahora, cuestiones más económicas. Esta Copa parece un éxito de negocios. ¿Por qué no hacer una cada dos años? Porque ya no rendiría tanto. Además de que interferiría con torneos europeas y americanas, la abundancia hace decaer el valor. Un hincha dirá que no es cierto, que quiere que su equipo gane siempre. Pero pueden verse a Boca Juniors y la Copa Libertadores de América: la consiguió seis veces, el segundo equipo más ganador del continente (Independiente de Avellaneda tiene siete), aunque la última fue en 2007. Desde entonces conquistó tres títulos internacionales y 17 locales. Pero “la séptima es mi obsesión”, canta la hinchada. ¿Acaso no cambiaría un par de trofeos nacionales por una Libertadores más? Así funciona la escasez.

Una parte no menor del éxito del Mundial es EEUU. Un mercado enorme, de gran poder adquisitivo, con infraestructura adecuada para equipos, partidos y movimiento de espectadores, e integrado por comunidades numerosas originarias de los países participantes. Tales condiciones no se dan en cualquier región y la obligada rotación geográfica conspiraría contra los ingresos, pero como no se puede estar siempre en Norteamérica la escasez compensa la reubicación.

Claro que el mercado no es sólo la sede, si bien suma, sino el mundo. Por eso no hay una “FIFA del chiqui Tapia” aunque cayera mal la ampliación del número de participantes del Mundial a 48 equipos. Parecido al torneo local de 30 clubes, pero tiene poco que ver. En Argentina el número fue 20 entre 1986 y 2014, 30 en 2015, entre 28 y 24 hasta 2024 y 30 desde 2025. Sin embargo, este incremento no agregó negocios. En la FIFA se suman países, en la Liga Profesional de Fútbol se suman barrios.

Es cierto que algunos países parecen chicos, pero cuidado. Curazao tiene 185.000 habitantes pero en espectadores con seguridad incluyó al Caribe y a los Países Bajos. Además, su PIB per cápita a paridad de poder adquisitivo según el Banco Mundial rondó los 32.693 dólares en 2024 frente a 30.431 de Argentina. Cabo Verde queda atrás, porque si bien tiene 530.000 habitantes su PIB pc fue de 11.195 dólares. Pero es parte de África, un mercado escalable, y en el peor de los casos puede considerarse un costo aceptable para los logros de la ampliación.

Todo lo anterior tiene que ver con la escala. La FIFA se mueve en el mercado mundial, la AFA en el interno. Aplica entonces la objeción a un viejo y errado criterio de política económica. Quienes apoyan el intervencionismo estatal suelen decir que EEUU creció gracias al mercado interno, por lo tanto Argentina debería imitarlo y cerrar su economía. Pero el mercado doméstico argentino no da para alcanzar escala ni competitividad internacional. Como la escala no se inventa, la única posibilidad es el mercado mundial.

Sin embargo, el torneo argentino ampliado no es de exportación. Con menos equipos en la LPF habría mejores torneos por mayor calidad de competidores, evolucionando lo exportable por TV y merchandising, rindiendo más dinero para los clubes que podrían retener jugadores. Porque Argentina exporta futbolistas, no fútbol. Casi una primarización, con el desarrollo en el exterior. De allí que la casi totalidad de los integrantes de la selección de la AFA juegue afuera, en competencias de alto nivel, mientras los clubes de Argentina decaen en Sudamérica.

Apertura, competencia, atención a los mercados. Vale para la economía, vale para el fútbol. Que es más que números, pero no debe descuidarlos.